EL CONCERTISTA
“Ayúdenme”: gritó el trompetista en las afueras del Metropolitano.
“Bestias no me dejen morir” aullaba. “Cada vez que me abandonen será peor para
ustedes”. De vez en cuando los transeúntes le tiraban unas monedas. El, parado
en medio de la calzada los miraba despectivamente. Fantasma ahora; gran
concertista de teatros antes. Gano miles de premios. Hoy parecía un mendigo y
un loco callejero. “Idus, idus” decía a las palomas que se posaban cerca.
Jazmines le dejó cerca una niña. “Karina” le grito al reconocer en ella a su
hija y la niña asustada se alejó. La mujer que la acompañaba lo miró desde
lejos. “Matarme así no es de humanos, señores” volvió a gritar. Nadie ahora le
hizo caso. Ñoño el xilofónista le arregló la corbata. Orgulloso como el mismo
no se dejó. “Pasaran los siglos en vano hasta que reconozcan al genio” gritaba
ahora Ñoño. “Quinientos siglos pasaran” le seguía el trompetista. Rebuscaban en
vano las palabras que los transeúntes ya no escuchaban. Sonaron las campanas
para el inicio de la función. Todos los asistentes corrieron para llenar las
butacas. Unos cuantos aún paseaban por el salón de espejos. “Viejas canciones
tocaremos ahora señores” susurró el trompetista. Xilofónista y trompetista
comenzaron a tocar. Ya la noche se acercaba a borbotones. “Zamacueca ahí va la
zamacueca” cantaba contento el xilofónista.
José Ñique-Lima-Perú

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