CARAL
Lo primero que hice al llegar a Caral fue mirar la playa inmensa. Los
Muimuyes lograron saciar mi hambre repentina y la mujer que me seguía también
hizo lo propio. Al fondo de la barca hecho de plataformas livianas había más
hombrecitos, que como yo, veníamos del África, huyendo del calor espantoso,
para poblar esta parte del mundo aun no descubierto. Aún no teníamos dioses porque tal idea no existía
y los religiosos tampoco aparecían en la incierta división social. Nuestras
casas eran de palos guayaquil que habíamos traído de los bosques y ciénagas, de
la costa angostísima por la que habíamos caminado años. Mi padre fue para otro
lugar, con otro grupo de hombres y sus mujeres. Creo que el lugar se llama Asiría
y esta al otro lado del mundo.
Para llegar a este lugar recorrimos miles de estadios y verdaderamente
ha sido una proeza. Mi madre murió en el largo camino y las familias han
cuidado de los crios de todos. Los hombres nos apareamos con todas las mujeres
y nuestra línea sanguínea no cuenta. Las madres son madres de todos. Así, mi
madre es de mil hijos. Mi tribu va a seguir hasta la patagonia. En Caral nos
quedamos algunos, suficientes como para mantener vivos estos recuerdos. Yo me
perfilo como líder. Soy más alto y fornido.
Es de madrugada. Salimos un grupo de hombres para la caza y la pesca. A
mi degusta pescar. El frío nos hace acurrucar entre nosotros y gritamos. Mi
diario lo dejo cerca de la piedra que sirve de batán. Al fondo de los adobes
que hacen de plaza, un niño, ¿mi hijo?, me mira como a un extraño. Sus ojos
marrones se parecen a los mios.
José Ñique-Lima-Perú

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