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domingo, 23 de septiembre de 2012


 
CARAL

 

Lo primero que hice al llegar a Caral fue mirar la playa inmensa. Los Muimuyes lograron saciar mi hambre repentina y la mujer que me seguía también hizo lo propio. Al fondo de la barca hecho de plataformas livianas había más hombrecitos, que como yo, veníamos del África, huyendo del calor espantoso, para poblar esta parte del mundo aun no descubierto.  Aún no teníamos dioses porque tal idea no existía y los religiosos tampoco aparecían en la incierta división social. Nuestras casas eran de palos guayaquil que habíamos traído de los bosques y ciénagas, de la costa angostísima por la que habíamos caminado años. Mi padre fue para otro lugar, con otro grupo de hombres y sus mujeres. Creo que el lugar se llama Asiría y esta al otro lado del mundo.

 

Para llegar a este lugar recorrimos miles de estadios y verdaderamente ha sido una proeza. Mi madre murió en el largo camino y las familias han cuidado de los crios de todos. Los hombres nos apareamos con todas las mujeres y nuestra línea sanguínea no cuenta. Las madres son madres de todos. Así, mi madre es de mil hijos. Mi tribu va a seguir hasta la patagonia. En Caral nos quedamos algunos, suficientes como para mantener vivos estos recuerdos. Yo me perfilo como líder. Soy más alto y fornido.

 

Es de madrugada. Salimos un grupo de hombres para la caza y la pesca. A mi degusta pescar. El frío nos hace acurrucar entre nosotros y gritamos. Mi diario lo dejo cerca de la piedra que sirve de batán. Al fondo de los adobes que hacen de plaza, un niño, ¿mi hijo?, me mira como a un extraño. Sus ojos marrones se parecen a los mios.

 

José Ñique-Lima-Perú

 

 

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