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martes, 14 de mayo de 2013






LA GUANABANA
La luna de vidrio se quebró en mil pedazos y yo, como era natural y previsible, comencé a llorar. Mi madre corrió a mi lado y me levantó en sus brazos. La pelota de plástico, que me había comprado, en el mercado de Pacasmayo, estaba en la sala de la casa de la señora Inés. Ella había salido a ver lo que pasaba y cuando vio a mi madre y yo en sus brazos entendió lo que había pasado.
-Este chico cuando no con la pelota- dijo la señora Inés
- Si yo estoy avergonzada comadre. Traeré al vidriero ahora mismo-dijo mi madre.
Una bandada de palomas cruzó el cielo azul y las dos miraron hacia arriba mientras que yo aún miraba la ventana sin su luna.
-Si comadrita, antes que venga Balta, que ya sabe usted como es el.
-Sí, no se preocupe. Ahorita mismo voy a ver al vidriero. Creo que hay uno en la calle San Pedro.
En la calle San Pedro, don Roberto Miranda, el vidriero le cobró veinticinco soles la luna y la colocación de la misma en la ventana de la casa de la comadre de mi madre. Yo jalaba ahora, mi carrito de madera y estaba contento. Mi madre me dijo para ir al mercado a comprar los víveres para el almuerzo. Mi padre trabajaba con el señor Balta, esposo de la señora Inés. Iban a llegar los dos a la una de la tarde y mi madre se apresuraba a comprar los comestibles.
-Caserita, cómo está?  Tiene congrio?- pregunto mi madre a la una señora en el mercado.
-Si como no. Fresquito y como para un sudadito- Gritó la señora vendedora.
-Deme un kilo y medio de su congrio- dijo mi madre.
En el mercado de Pacasmayo se escuchaba “Que bueno baila usted” a todo volumen y la música irradiaba en mi cabecita y me gustaba.
Después mi madre compro guayabas, dátiles y tamarindo. Yo quise que comprara mangos y guanábana. Me encantaba la guanábana y mi madre me compro una guanábana grande.

JOSE ÑIQUEN

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