Nunca había
sobresalido en acciones heroicas ni era un tipo de temer. Solo aparecía para
llevar el periódico La Protesta Humana
a las fábricas de la zona industrial. Algunos anarquistas en Buenos Aires
incluso lo tildaban de ablandado y soplón. Y de eso era conciente Salvador Planas
que ese día después de ser atrapado lloraba como una pebeta.
Videla era
especialista en matonear a los anarcos. Se sabia de memoria a Bakunin y de sus
métodos para atentar. El comisario Puerta lo había enviado para hacerse cargo
del “casito” que estaba más complicado que la muerte de Mariquita Gramal.
Cuando llegó a las
oficinas lo recibió su ayudante con el teléfono en la mano: “El Comisario al
fono, jefe”. Encendió el primer cigarrillo y contestó la primera llamada de esa
noche. Tenia que colgar a Salvador. Había querido matar al presidente y eso
tenia que pagar.
Así que se dirigió
al sótano para iniciar la sesión. Le pidió al ayudante que le trajera una
tetera, una cajetilla de cigarrillos, unos queques para refrigerarse y la
picana para el laburo.
José
Ñique-Lima-Perú
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