Almehah
En el Cairo, con sus calles largas y malolientes, que había recorrido hasta llegar a la plaza, esperaba Almehah a su novia. Ella le traería el encargo de su jefe y él lo llevaría a Hurghada para que allí le entreguen al Jeque. En la plaza Ramsés hacia mucho calor y Anat no aparecía, circunstancia que ponía nervioso a Almehah y comenzaba a preocuparse por la tardanza de la chica. Sacó de su camisa un cigarrillo y se puso a fumar, despacio se dirigió a una banca de la plaza y se sentó. En cada bocanada miraba el cielo claro y diáfano que cubría la ciudad. Estaba meditando salir de todo eso. El único contacto con su jefe era Anat. Y el único hecho de ser novio de la chica era pertenecer a la organización. Despues el futuro y él solo en el mundo. Si se demoraba quince minutos, se dijo, se largaría para siempre de ahí y olvidaría todo. Unas placidas palomas se posaron a sus pies. Esperaban seguramente maíz que los transeúntes le llevaban siempre. Las campanas de la iglesia cristiana, a un costado de la plaza, tocaron señalando que eran las doce del mediodía. Un pordiosero lo miró, quiso pedirle limosna y al verlo tan desgraciado siguió su camino.
El sonido seco del disparo lo despertó de su ensimismamiento. había sido artero y por la espalda. Cayó de bruces y se apoyó en el brazo izquierdo en su caída, lo que le permitió ver el rostro de su novia, quien se alejaba velozmente del lugar.
Cuentos por Jesús Maria.
José Ñique
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